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dimanche 23 juillet 2017

Le Salon Beige - blog quotidien d'actualité par des laïcs catholiques: Tolérer la tolérance ?

Le Salon Beige - blog quotidien d'actualité par des laïcs catholiques: Tolérer la tolérance ?

Tolérer la tolérance ?

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23 juillet 2017

Extraits d'une analyse intéressante :

"Lors des attentats à Paris de novembre 2015, après qu'on eut découvert que tout avait été pensé et préparé en Belgique, un psy expliquait dans le journal Sud-Ouest que c'est « un pays de très grande tolérance », allant jusqu'à tolérer des groupes islamiques radicaux. La question se pose donc : faut-il encore tolérer la tolérance ? [...]

  1. La tolérance est la vertu qui permet d'accepter un mal
    a. en vue d'un bien ultérieur,
    b. ou pour éviter pire.

  2. On tolère momentanément (même si on ne sait pas combien de temps cela va durer)

  3. Elle est à inventer constamment, puisqu'elle est un équilibre entre le laxisme et l'intolérance.

  4. Elle est un choix = elle n'est pas subie. Autrement dit, elle n'est ni une défaite, ni une démission, ni une résignation.

  5. Elle n'est qu'un minimum requis pour vivre ensemble, elle ne suffit pas à créer des liens durables.

Tolérance dans la société moderne

Voici une définition donnée par le Robert :

Attitude qui consiste à admettre chez autrui une manière de penser ou d'agir différente de celle qu'on adopte soi-même. Voir : Compréhension, indulgence (cf. avoir l'esprit large).

Quelle est la grande nouveauté avec ce qui précède ? C'est qu'il n'y a plus d'appréciation morale de ce qui est toléré. Auparavant, on tolérait un mal. Dans cette nouvelle approche, on tolère une manière de penser ou d'agir différente de la sienne. Il n'y a plus de jugement de valeur sur ce que l'on tolère. Ce que l'on tolère est peut-être bon, mais je le tolère parce que c'est autre que ce que je vis, pense ou crois. J'insiste, car c'est important pour comprendre l'engouement pour la tolérance aujourd'hui. Traditionnellement, on tolère un mal. Aujourd'hui, on utilise le verbe tolérer pour accepter quelque chose qui est simplement considéré comme autre. [...]

À mon avis, la mise au pinacle de la tolérance va de pair avec le relativisme. Ce système de pensée s'est imposé au monde moderne, au point que Benoît XVI évoquait une véritable « dictature du relativisme ». Selon ce courant de pensée : tout se vaut. Il n'y a pas de vérité valable pour tous. Chacun a sa vérité, qui est relative et qui peut changer. S'il existe des vérités, elles diffèrent pour chacun : ce qui est vrai pour l'un ne l'est pas forcément pour l'autre. Tout dépend des personnes et de leur état, voire de leur humeur. Sous la dictature du relativisme, je peux dire ce que je pense, mais à la condition de ne pas imaginer que cela puisse être vrai pour autrui. Je dois m'interdire de considérer mes idées comme éventuellement valables pour d'autres. Puisqu'il n'y a pas de vérité intangible valable pour tous, il est louable et respectable, dans cette optique, d'être tolérant. C'est ainsi que la tolérance est devenue la vertu essentielle de l'honnête homme du XXIe !

La pétrification des croyants…

Au royaume du relativisme, il est très mal vu d'avoir des certitudes. Quelqu'un qui croit connaître quelque chose de vrai, valable pour tous, est forcément perçu comme intolérant dans notre société : comment pourrait-il entrer en dialogue avec quelqu'un d'autre puisqu'il prétend savoir ? L'image qui vient spontanément à notre esprit (moderne) pour parler de quelqu'un qui a des certitudes, c'est le caillou ! Une personne qui a des certitudes, c'est une personne qui serait pétrifiée, rigidifiée dans ses certitudes. Comment pourrait-elle être tolérante celle qui sait quelque chose de certain ? Quelle présomption, quel orgueil !

Pour la modernité, rien n'est sûr, rien n'est certain. Cela au moins, c'est sûr et certain ! Je le répète : « Ce qui est certain, c'est que rien n'est certain ». C'est une phrase absurde. Or, c'est sur cette absurdité qu'est construite une grande partie de la pensée moderne. [...]"

Posté le 23 juillet 2017 à 19h15 par Michel Janva

Cuentos con moraleja: “Un test para descubrir la auténtica santidad”

Cuentos con moraleja: "Un test para descubrir la auténtica santidad"

Cuentos con moraleja: "Un test para descubrir la auténtica santidad"

La historia que les traigo hoy es real. Le ocurrió a San Felipe Neri a finales del s. XVI.

Durante la vida de San Felipe Neri existió una monja en Italia que tenía fama de santidad. Se decía que continuamente tenía revelaciones y locuciones del cielo. Un día, el Papa mandó precisamente al padre Felipe al convento donde vivía la citada monja para que valorara su santidad.

Estaba San Felipe caminando por las calles de Roma, cuando de pronto sobrevino un gran aguacero. Aunque el santo se cubrió como pudo, pronto las calles se llenaron de barro. Él, empeñado en cumplir el encargo que le había dado el Papa prosiguió todo empapado y embarrado hasta el convento. Llegado al convento, preguntó enseguida por la monja y….

-Precisamente, dijo la hermana portera, ahí viene la santita con otras tres hermanas,-pues casi todas las monjas del convento estaban asombradas de las revelaciones que la santa decía tener.

La hermana caminaba muy seria y afligida, sin prestar atención a nadie y con la mente perdida en Dios.

El santo se quitó el sombrero y la capa mojada. Se sentó en un pequeño taburete que había en la sala de visitas mientras llegaba la hermana. Cuando la vio llegar, extendió la pierna y dijo a la santita:

-¿Podría hacerme la gracia de quitarme los zapatos embarrados?

La monja se enfureció, alzó el mentón y permaneció inmóvil e indignada sin decir palabra.

San Felipe no hizo preguntas; ya había visto bastante. Se levantó, tomó su capa, se puso el sombrero y volvió a ver al Papa para comunicarle su resolución:

 -Estimado Santo Padre, acabo de llegar del convento de hacer el encargo que usted me dio, y tenga por seguro que la hermana que usted sabe, ni tiene revelaciones ni es santa. Todo es un engaño del demonio. Le aconsejo que saque usted a la hermana de tal comunidad y la lleve a un lugar donde nadie le conozca por bien de su alma y del resto del convento.

*****

Para descubrir la auténtica santidad lo único que tenemos que comprobar es si hay verdadera humildad. No hay santidad sin humildad. Hay muchas personas que intentan simular ser santos; es más, en ocasiones consiguen engañar a muchos, como esta monjita de la historia. Para comprobar si la santidad es real, es suficiente con hacerle una prueba de humildad como hizo san Felipe. Cuando la humildad es auténtica, también lo es la santidad.

El santo nunca es autoritario, sino que siempre es paciente, sabe escuchar; no sólo perdona las ofensas, sino que además nunca se siente ofendido. San Pablo nos dio una lista más completa:

"La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1 Cor 13: 4-7).

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com

¿Quién soy yo para juzgar?

¿Quién soy yo para juzgar?

¿Quién soy yo para juzgar?

Queridos hermanos, han oído de boca de sus sacerdotes y obispos, como también de sus amistades y familiares, e incluso ustedes lo han dicho, que no hay que juzgar, en relación a estos movimientos tan poderosos que quieren hacer de la homosexualidad, lesbianismo, transexualidad algo aceptable como una opción más del hombre. ¿Lo es? Cuando dicen no hay que juzgar, ¿qué dicen? Dicen: callemos, no digamos nada, porque nada hemos de decir; son grupos muy poderosos y nos harán la vida imposible, pues controlan  e influyen en gobiernos, jueces, medios de comunicación, líderes políticos, etc. Pero, ¿han pensado cuando dicen esta frase, o la han oído decir, que quien juzga es la Palabra de Dios? Habrá un juicio: El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que yo he hablado, ésa le juzgará en último día (Jn. 12, 48).

Quien dice, no hay que juzgar, está ocultando la verdad del juicio de la Palabra de Dios. La palabra de Dios, que es la Luz que vino al mundo, la está silenciando; está colocando la antorcha bajo debajo del celemín, en lugar de ponerla sobre el candelero; está poniendo un velo sobre la luz de la verdad de Dios, y no deja que ilumine. Brille vuestra luz ante los hombres, nos insta la palabra de Dios. Efectivamente, tú, quienquiera que seas,  no eres quien para juzgar porque quien juzga es Dios, su Palabra; por lo cual debes decir: No juzgo porque el que juzga es la Palabra de Dios que dice: no cometerás actos impuros, no cometerás pecado de sodomía, no desearas a  la mujer del prójimo; amarás a Dios sobre todas las cosas…

Sabemos que el Señor ha dicho: Si alguno escucha mis palabras y no la guarda, yo no le juzgo, porque no he venido a juzgar al  mundo, sino a salvar el mundo (Jn. 12, 47).

Es importante decir un poco sobre estas palabras del Señor: no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo. Distinguimos dos venidas de Jesucristo al  mundo, una en carne mortal y pasible, otra en carne impasible, inmortal y gloriosa, al fin de los tiempos. En la primera misión que recibe del Padre celestial, es para enseñar al mundo de su doctrina, edificarle con sus ejemplos, salvarle con su Sagrada Pasión y satisfacer a la Justicia divina con su muerte la deuda contraída  por el pecado. En la segunda vendrá con toda la majestad de su gloria, rodeado de los ángeles a juzgar públicamente  a los hombres. Con arreglo al objeto de la primera misión, se portó el Salvador en todos los pasos de su conducta, de forma humilde y paciente; ocultó todos los rasgos de su poder divino, y de su propia divinidad, y no dio, por lo común, otras señales de ella que por los efectos de su misericordia, porque no había venido a perder almas sino a salvarlas, porque no había venido a juzgar al mundo, sino a salvarle;  porque Dios no envió a su Hijo a juzgar al mundo, sino a que el mundo se salve por Él. Quiere decir todo esto que para lograr el objetivo de su misión debía apurar, digámoslo así, los recursos de su divina misericordia antes de acordarse de su justicia, no dejando al pecador ninguna escusa de su pecado. Yo soy la luz que viene al mundo para que no viva en tinieblas todo aquel que cree en mi (Jn. 12, 46). Y prosigue: Si alguno escucha mis palabras y nos la guarda, yo no le juzgo. Más con todo, ejerciendo los oficios de Maestro, Salvador y Cabeza de la Iglesia, manifiesta con sus palabras y ejemplos los límites que su justicia prescribe a su misericordia; y revestido de autoridad toma el látigo y arroja del lugar santo  a los impíos que lo profanaban con sus ventas y usuras

Queridos hermanos, la Palabra vino al mundo para ser escuchada y seguida para la salvación de nuestras almas. No podemos silenciarla, porque ella es la que juzgará, no nosotros, por lo que tenemos la obligación de manifestarla al mundo. La Iglesia no  tiene otra misión que ser testigo de la Palabra de Dios, de su Obra Redentora, continuación de Ella, medio de salvación universal; ha de ser reflejo de la Iglesia celeste a la que ha de asemejarse en  fidelidad, santidad y unidad. La Iglesia ha de llevar a todos los hombres la inefable alegría del Cielo, la visión del mismo Dios, la semejanza que el alma tendrá con Él; ha de proclamar los augustos misterios de la realidad de la Santísima Trinidad, la paz celestial y el gozo divino a los que las almas están destinadas. La Iglesia es testigo de la Luz que vino al mundo, y tiene la obligación de dejar que esa Luz ilumine al mundo, a todo lo creado.

La Iglesia no tiene más obligación, y mandato de su Cabeza, que la de ser medio de salvación eterna para el mundo. Es depositaría de los más preciados tesoros de Dios, los Santos Sacramentos, vías de salvación eterna; de la Revelación divina por la que la Iglesia atesora la Verdad de Dios, todo lo necesario para la felicidad del hombre y rechazo del pecado.

Los pecados de la carne, la lujuria, el desprecio a la pureza y castidad, la violación de la misma ley natural impuesta por Dios, no se pueden aceptar sin permitir que Dios hable por medio de su Palabra y a través de sus ministros. Porque el que habla es Dios, porque el que  juzga es Dios, porque el pecado no puede ser admitido, ni consentido, ni silenciado. La Palabra de Dios nos obliga a hablar. La Sangre de Cristo derramada por la salvación de todos los hombres clama justicia si la Iglesia calla, si callamos los que hemos de decir. Porque no juzgamos. Trasmitimos la Verdad de Dios para la salvación de los hombres.

Nuestro Señor Jesucristo calló cuando ya lo había dicho todo, cuando llegó el momento de aceptar la última voluntad del Padre; todo lo que tenía que decir y hacer, lo dijo e hizo; ya sólo faltaba la consumación final de  la Obra Redentora, subir al altar de la Cruz y ofrecer el eternos Sacrificio al Eterno Padre. Todo por la salvación de las almas. Asumió sobre sí todos los pecados del mundo y los expió en el Calvario, para que nadie pereciera eternamente.

Si callamos, hacemos infructuosa la muerte redentora del Señor; si la Iglesia, y sus ministros y fieles, callan la Preciosísima Sangre del Redentor se ha derramado en balde, y seremos cómplices de la condenación de muchas almas.

Yo no te juzgo, te juzgará la Palabra de Dios. Habrá un juicio de manera inapelable, y en él tus actos se juzgarán y serán sentenciados; así como los silencios de los que tenemos que hablar.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.

RORATE CÆLI: A common calendar and lectionary for the Novus Ordo and TLM?

RORATE CÆLI: A common calendar and lectionary for the Novus Ordo and TLM?

A common calendar and lectionary for the Novus Ordo and TLM?

A committee already tried, and failed: 


Cardinal Sarah's La Nef article marking the 10th anniversary of Summorum Pontificum has awakened the debate over the possibility (and desirability) of a "common rite" derived from the Traditional Latin Mass and the Novus Ordo. (Dr. Joseph Shaw has responded to the cardinal's proposals on this blog.) One of Cardinal Sarah's main proposals is that of common calendar and lectionary for the TLM and the NOM. The proposal does not come out of the blue; versions of it have been floated by some proponents of the reform of the reform since the 1990's. Furthermore, from 1991 to 2007 the use of the Novus Ordo lectionary was theoretically permitted in celebrations of the 1962 Missal, and was actually imposed on such celebrations in a handful of dioceses.

Right after the article came out, the Claretian liturgist Fr. Matías Augé -- an old liberal but very well-informed -- noted on his blog that a common calendar and lectionary was already attempted in the previous pontificate:



In fact, the cardinal has the merit of expressing his concrete proposal to arrive "at a reformed common Rite in order to facilitate reconciliation within the Church." First of all, the cardinal hopes that we can arrive at a common liturgical calendar for the two forms of the Roman Rite, and also to a "convergence" of the lectionaries. His Eminence knows better than I, that an ad hoc committee had worked during the years of the pontificate of Pope Ratzinger without being able to produce a concrete proposal, given the difficulty of the task.

samedi 22 juillet 2017

Transfiguration : le processus d'unité entre catholiques et luthériens est une unité de dupes - Juillet 2017

Fraternité Sacerdotale Saint-Pie X - FSSPX - SSPX - La Porte Latine - Catholiques de Tradition - Mgr Lefebvre - Mgr Fellay - Fraternité de la Transfiguration : le processus d'unité entre catholiques et luthériens est une unité de dupes - Juillet 2017



Photo de la signature de la déclaration conjointe entre catholiques et luthériens - Lund, le 31 octobre 2016

Dans La Simandre, son bulletin de l'été 2017, la Fraternité de la Transfiguration rejette l'unité de façade que le pape François, suivant en cela l'esprit - et la lettre - du funeste Concile Vatican II, veut imposer à marche forcée.

Article de La Simandre

NON :à l'occasion du 500e anniversaire de la catastrophe provoquée par la soi-disant Réforme de Luther, certaines autorités romaines ont affirmé que le processus d'unité entre catholiques et luthériens avait été bien engagée par la « déclaration commune » du 31 octobre 1999 sur la justification. Or, il n'en est rien. Cette unité est une unité de dupes aucunement une unité doctrinale.

La justification ou sanctification, selon la Révélation, est à la suite du baptême, le passage de l'état de péché [« enfants de colère par nature » (Eph. 2/3), « esclaves du péché » (Rom. 6/20) - à la suite du péché originel] à l'état de grâce. C'est donc une action intérieure dans l'âme du baptisé, réalisée par la venue de la Trinité, avec les vertus théologales, les dons du Saint-Esprit...

Pour l'hérésie luthérienne, l'homme reste foncièrement mauvais : un foyer de péché, et le baptême recouvre cette âme, demeurée mauvaise, du manteau de la Passion du Christ.

Tandis que, comme le définit infailliblement le concile de Trente, la première justification (celle du baptême) est suivie d'une seconde justification qui donne à l'âme la capacité de progresser en sainteté, ou la possibilité de récupérer la justification à la suite d'un péché mortel - par le sacrement de pénitence ; l'hérésie protestante nie cette seconde justification.

Tandis que la Révélation explicitée par les Pères de l'Église et, entre autres, par le concile de Trente, affirme la coopération de l'homme à sa justification, l'hérésie luthérienne la lui refuse.

Cette déclaration commune (1), signée par le cardinal Cassidy pour l'Église catholique et par le Docteur Krausse, Président de la Fédération luthérienne mondiale, n'est qu'un texte diplomatique, rempli de « faux-fuyants », qui évite toute opposition doctrinale (ce qui nous unit est plus important que ce qui nous divise...). Objectivement, en toute vérité, face à Dieu, il n'y a aucune unité sur ce sujet de la justification.

Nous dénonçons ce faux œcuménisme qui a été officiellement imposé par le concile Vatican II, qui est une faute à la fois contre la vérité et contre la charité. Les luthériens ont droit à la charité de la vérité.

Sources : La Simandre, Eté 2017 /La Porte Latine du 16 juillet 2017

1) Lire à ce sujet "La déclaration conjointe sur la doctrine de la justification de 1999", par M. l'abbé Thierry Gaudray

Lettera di felicitazioni a padre Sosa. - Blondet & Friends

Lettera di felicitazioni a padre Sosa. - Blondet & Friends

Lettera di felicitazioni a padre Sosa.

So che lei, grandissimo capo  dei gesuiti, se ne infischia delle critiche dei "fondamentalisti cristiani" che hanno gridato  allo scandalo per  quella foto in cui la si vede pregare  ci monaci buddhisti in Cambogia.  Non credo che la abbiano  addolorato nemmeno per un momento; quindi questa mia  lettera simpatizzante non vuole offrirle solidarietà.  Voglio invece, nel mio piccolo di cristiano qualunque,  affezionato al Vetus Ordo ma meno "talebano" dei tradizionalisti che si sono scandalizzati, dirle che mi felicito e  approvo la sua scelta. Nelle sue interviste lei ha esibito un così  basso livello di spiritualità, che una immersione nel Buddhismo non può che aumentarla.  Le farà bene, vedrà.  Il Buddhismo è una via di salvezza tosta, seria.

(Non sghignazza nemmeno. Congratulazioni)

Poteva scegliere peggio. Per esempio l'ebraismo, che non ha nemmeno un aldilà  e  quindi non  avrebbe diritto di chiamarsi una religione; o il protestantesimo  in una delle sue settarie denominazioni.  Molti suoi colleghi lo fanno, perdutamente giudaizzando e luteranizzando; mi felicito con lei di non averlo fatto. Quelle sono religioni che, avendo conosciuto il Cristo  e la sua Chiesa, l'ha rifiutato  coscientemente, e  quindi – dal mio punto di vista un po' tradizionalista – sono letteralmente  anticristiche.   Siddharta Gautama, il Buddha storico,  non ha  rifiutato Cristo, semplicemente  perché è  nato  seicento anni prima di lui, un secolo e mezzo prima di Platone, al tempo di Anassimandro, dei pensatori pre-socratici.

Mi congratulo con lei  per  questo: ha evitato le apostasie post-cristiane, ed è tornato in qualche modo al punto zero da cui l'umanità ha cominciato  la  meditazione spirituale.  Grazie, padre Sosa, per  esser tornato all'Antico.

Ha scelto la Tradizione

Lei che dubita del Vangelo, perché "a quel tempo nessuno aveva un registratore", e quindi si attiene all'interpretazione che  né dà il gesuita Bergoglio (che quindi diventa il sostituto di Cristo e degli apostoli   e della tradizione-trasmissione di 2 mila anni),  ha pregato – e con quale  lodevole compunzione! – in lingua pali  (che era il volgare dell'e poca di Siddharta,   diventata  lingua liturgica)  ripetendo formule che risalgono a quell'antico e grande principe  Kshatria: non preoccupandosi affatto se  ci fosse un  registratore, senza la minima obiezione sul fatto che quelle parole vadano "contestualizzate"   perché "sono espresse con un linguaggio, in un ambiente preciso, sono indirizzate a qualcuno di definito".

No, lo sa: i monaci buddhisti coi quali ha  pregato,  non solo non si pongono affatto tali inquietudini, ma ripetono salmodiando formule liturgiche invariate da due millenni e passa, in una lingua che, essendo cambogiani, è assai diversa dalla loro (il pali deriva dal sanscrito),  e forse nemmeno capiscono. Non hanno bisogno di capire: è l'enunciazione in sé delle formule, ritualmente pronunciate all'interno della santa comunità o sangha,   che, secondo loro, crea "meriti"  in vista della Liberazione. Del resto, sanno bene cosa significano: ripetono infinitamente le Quattro Nobili Verità,  lodano il Triplice Rifugio e incitano all'Ottuplice Sentiero.

Mi felicito con lei, padre Sosa, perché non ha turbato  quegli asceti, come ha fatto con cattolici noi con  le sue battutacce  schernevoli contro il Vangelo  che non si sa cosa davvero dica, e le sue derisioni sulla credenza nel demonio, che per lei è un simbolo e una metafora, una vecchia superstizione che la modernità ha sfatato. E'  stato bello vederla  adottare con rispetto la Tradizione, l'Antico e il Classico. Pre-cristiano, dunque non anticristiano. Bravo, bene.

Io tradisco qui una grande ammirazione personale per il Buddha e il buddhismo: la più alta manifestazione di spiritualità   possibile ad un uomo che aspira alla Salvazione suprema, "prima della Rivelazione".  Non condivido affatto  il troppo ripetuto luogo comune per cui il buddhismo è  ateismo. Siddharta Gautama –  stirpe regale e non sacerdotale, misterioso analogon di Cristo – reagiva contro l'idolatria superstiziosa dei milioni dei divinità dell'induismo del suo tempo, dei suoi  eccessi fachirici o nichilisti ( fedeli di Kali si facevano stritolare dal  grande carro della Dea durante le processioni); insomma, come Gesù reagisce e polemizza col fariseismo ebraico, il Buddha storico va compreso all'interno del contesto culturale indiano dell'epoca, della sua cultura.  Come il cattolicesimo nasce  da una religione da cui si dichiara secondario e unito per  sempre, così il Buddha rettifica e  rivoluziona   l'induismo basso,  magico e idolatrico; rifiuta le caste; e riporta questo insieme di credenze all'essenziale, direi, vedantino, upanishadico.

No, il buddismo non è, come ha scritto l'amico  Aldo Maria Valli, "un sistema etico e spirituale che ha l'obiettivo di permettere la piena realizzazione dell'individuo in vista del raggiungimento della felicità":  quello è il fine delle signore-bene di Milano quando vanno al corso di yoga o  di stretching, "stare bene con se stesse".  No.  Ben lungi dal  promettere "la piena realizzazione dell'individuo", il  Buddha  mira all'Estinzione.  Precisamente, all'estinzione dell'Io. Se vogliamo continuare il gioco delle analogie, che altro dice Paolo quando dice: "Sono stato crocifisso in Cristo, e non sono più "io" che vivo, ma Cristo vive in me"?

Tacciano i catto-talebani

E qui sento già le strida dei nostri amici tradizionalisti, talebani del cattolicesimo: Blondet è gnostico!  Esoterico!  L'abbiamo scoperto con le mani nel sacco!

Ora, non ho bisogno, per rafforzare la mia fede, di proclamare che le altre sono sataniche. Ciò vale ancor più per le vie di salvezza asiatiche che il Cristo non l'hanno conosciuto, essendo immensamente più antiche. Mi commuove sapere che per millenni, altre umanità, si sono poste la questione centrale, la più realistica, precisamente quella   che l'uomo occidentale d'oggi non si pone più, a suo danno eterno: "Non mi basta l'aldiquà. Ci dev'essere un modo per uscirne, e giungere all'Assoluto. Un guado, un sentiero di Liberazione". E l'hanno cercato, fornendo metodi  accertati ed eroici di "uscita"  dal mondo.

Cari amici taleban-cattolici, io  pretenderei da parte vostra, verso il Buddismo e il Vedanta, quello stesso rispetto ed ammirazione che Agostino aveva per Platone e Socrate,  san Gerolamo per Cicerone,  San Tommaso d'Aquino per Aristotile. Non sentivano il bisogno di ricordarci ogni cinque secondo che quelli erano pagani, che   erano sicuramente all'inferno perché non avevano la fede; si abbeveravano, e facevano loro, la parte di verità  che avevano donato alla nostra civiltà.

Con questa aggiunta: oltretutto, non trovo nulla di anticristiano nell'aver sempre presente l'impermanenza di tutte le cose  quaggiù, la constatazione che la vita è dolore, l'esercizio della  compassione universale   verso tutti gli esseri viventi.

(Sull'impermanenza, ho giusto letto un passo della Imitazione di Cristo: "Se ami le  ricchezze,  le  pompe mondane, i difetti della carne, rifletti quanto  siano fragili e caduchi! Ché tutte le cose del mondo passano come sogni").

Dunque, per tornare  a padre Sosa: io la lodo, padre. Mi congratulo per come   ha pregato coi buddhisti.  Non vorrei l'avesse fatto per "costruire ponti" per "la pace",  perché in fondo per lei una liturgia vale l'altra, e tutte valgono nulla. La sua compunzione mi dà una speranza.

"Ancora uno sforzo", come diceva il Marchese De Sade: si faccia buddhista  davvero, ci guadagna in spiritualità. Anzi, porti con sé nel buddhismo i tanti suoi confratelli gesuiti, che ne hanno tanto bisogno,  perché mica si  può vivere di Rahner e di Bultmann e di giudaismo e di modernismo  e fingersi religiosi. Libererebbe loro, e libererebbe noi; perché devo dirglielo, da quando voi gesuiti avete preso il potere in Vaticano,  nel noto  golpe sudamericano, vi si nota soprattutto per una cosa: la grossolanità culturale, la mancanza di finezza intellettuale. I suoi confratelli, nel sito ufficiale,  hanno salutato in lei "el primer Superior Jesuita en bautizarse budista», mentre  dovrebbero sapere  che  non esiste un battesimo fra i buddhisti.

(Bel maglione, padre)

Siete diventati  più ignoranti di monsignor Galantino, che non conosce la Scrittura e si è convinto che Dio – avendo  finalmente   imparato  la misericordia da Bergoglio – abbia salvato Sodoma.  Invece l'ha incenerita…(ma chi può dirlo? Mica c'era un registratore, all'epoca).   Tale ignoranza  e rozzezza, in gesuiti, è disonorevole. No, davvero, avete bisogno di diventare Buddhisti.

Con gli occhi della speranza la vedo, padre Sosa: rasata la testa, rasato il baffetto malandrino,  vagare con la coppa del riso perché  il monaco mangia solo quel che gli è offerto (tranquillo, il popolo buddhista essendo credente, dà con abbondanza) e fare un solo pasto al giorno.

Novizi imparano a mendicare. Le loro mamme fanno la prima offerta.

In  perfetta castità,  povertà e frugalità,  obbedire e   passare le giornate  a salmodiare in coro le liturgie in pali. Pre-cristiano, è meglio che anti-cristiano. Coraggio, "ancora uno sforzo".

www.messeendirect.net

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La decepción de los católicos fieles

La decepción de los católicos fieles

La decepción de los católicos fieles

22/07/17 12:04 am

Muchos católicos se encuentran confundidos por las palabras, las obras y las omisiones del Papa Francisco.

Frente a sus actitudes, se observa en muchos fieles un exceso y un defecto. El exceso es el creer que todo lo que realiza Bergoglio es dogma de fe, y por lo tanto ser absolutamente obsecuentes a sus últimas ocurrencias. Estos tales tildan a los demás de "desobedientes", cuando la inmensa mayoría de ellos no estuvieran de acuerdo con el Magisterio perenne, enseñado con claridad a lo largo de los siglos.

El defecto, frente al cual recibo cada vez más consultas, es el de creer que Bergoglio es un falso Papa. Es más, los más osados afirman que es el Falso Profeta del Apocalipsis, cuya apariencia es la del Cordero, pero en realidad su voz es la del Dragón. Estos tales, sin embargo, se limitan a avalar las "bondades" de los Papas anteriores.

Ambos grupos, en realidad, caen en lo mismo, dado que siempre los extremos se tocan. Sin dejar de estar alertas por la proximidad del fin de los tiempos, pues algún día llegará, este conjunto de personas caen en la papolatría, en la obsecuencia medrosa de cualquier autoridad, máxime si ésta es la del Papa, sin distinguir adecuadamente entre santidad de vida (conseguida únicamente por vivir en grado heroico los mandamientos) y carisma (dado para edificación de la Iglesia, y que muchas veces no corresponde a la santidad de quien lo ha recibido). Entre los carismas debemos mencionar, en este caso, el de la infalibilidad, don de Cristo a su Iglesia conferido en la persona de su Vicario. De este modo, lo esencial en la Iglesia es su indefectibilidad, la cual es el fundamento último de la infalibilidad. Al servicio de esta santidad inherente a la Iglesia, inherente por ser Cristo su Cabeza y el Espíritu Santo su alma, está la infalibilidad pontificia. Por ello, no debemos perder de vista que lo esencial para nosotros es vivir unidos a la verdad y a la vida de la gracia, que, en definitiva, es el mismo Cristo en persona.

Muchos de éstos, ya mencionados, no alcanzan a ver que estos errores, que hoy Bergoglio proclama a viva voz, sin embargo vienen germinando desde hace muchísimo tiempo. "¿Quién podría negar que los católicos de este final del siglo XX están perplejos?", como escribió Mons. Lefebvre.

Hay una "desistencia" de la Iglesia, en palabras de Romano Amerio. Primero se dejó de señalar a los heresiarcas (cuya mayor expresión fue la abolición del Index Librorum Prohibitorum, por obra de Pablo VI); luego se dejó de condenar el error, sosteniendo que "la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad", en ambiguas palabras del Papa Juan XXIII al iniciar el Concilio Vaticano II; para luego ni siquiera proclamar inequívocamente la verdad, bajo apariencia de bien, como el dialogar con el mundo, con las diversas religiones, con los estados, etc.; intentando así los hombres que la Iglesia desista de ser columna y fundamento de la verdad, oficio que le ha dado el mismo Dios.

Por lo tanto, hay que afirmar enfáticamente que es falsa la idea extendida en gran parte de la Iglesia que los últimos Papas fueron todos santos, excepto el último. Francisco es la conclusión de la caída de muchas traiciones, bajezas y componendas con el mundo que tuvieron los Pontífices anteriores.

No podría haber existido un "¿Quién soy yo para juzgar?" de Bergoglio, con la correspondiente aprobación del "matrimonio" homosexual en el estado de Illinois de EEUU (entre tantas otras catástrofes que trajo la infeliz frase), sin la idea de la "sana laicidad" de Benedicto XVI, o la traición de la Santa Sede en época de Pablo VI cuando nuestra querida España quiso ser un estado confesional católico bajo el mando del General Franco.

Pero tampoco se crea que el Vaticano II fue un concilio "surgido de la nada", como creen tantos católicos de buena fe. Tampoco se crea que volviendo al día anterior al de su realización se acaban todos los problemas de la Iglesia. Ni siquiera se crea que si se celebra Misa tradicional en todas partes se acabaron las apostasías sistemáticas de la jerarquía a las cuales ya estamos acostumbrados.

Debemos combatir la doble vida, la fe luterana que hace que creamos una cosa y vivamos la otra, la heterodoxia ockamista que hace que las cosas sean sólo un "flatus vocis", un soplo de voz, dependiendo de quien conoce el darles el nombre y de la autoridad el que sean buenas o malas. Debemos acabar con esa devoción impostada, que nada tiene de tradicional, que cree que "una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración", que ataca la raíz de la verdadera devoción, la cual es el fruto más excelente de la virtud de la religión.

No. Francisco es el colofón de la traición de siglos, que ha comenzado con el nominalismo y se ha agudizado con el protestantismo; que estaba latente con el modernismo y que ha hecho metástasis con el Concilio Vaticano II.

Quiera Dios que éste no sea el Falso Profeta final… Por el bien de su alma… Pero si lo es, y sabemos que algún día vendrá, porque la Escritura no puede ser anulada, levantemos la cabeza y veamos que se acerca nuestra liberación.

Fr. Esteban Kriegerisch, op.

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vendredi 21 juillet 2017

RORATE CÆLI: Guest Op-Ed - Bishop Schneider: The interpretation of Vatican II and its connection with the current crisis of the Church

RORATE CÆLI: Guest Op-Ed - Bishop Schneider: The interpretation of Vatican II and its connection with the current crisis of the Church

Guest Op-Ed - Bishop Schneider: The interpretation of Vatican II and its connection with the current crisis of the Church

Once again, we are honored to post this guest op-ed, submitted to us by His Excellency Bishop Athanasius Schneider. We not only allow but encourage all media and blogs to reprint this as well. 


By Bishop Athanasius Schneider

Special to Rorate Caeli

July 21, 2017



The interpretation of Vatican II and its connection with the current crisis of the Church

The current situation of the unprecedented crisis of the Church is comparable with the general crisis in the 4th century, when the Arianism had contaminated the overwhelming majority of the episcopacy, taking a dominant position in the life of the Church. We must seek to address this current situation on the one hand with realism and, on the other hand, with a supernatural spirit – with a profound love for the Church, our mother, who is suffering the Passion of Christ because of this tremendous and general doctrinal, liturgical and pastoral confusion.


We must renew our faith in believing that the Church is in the safe hands of Christ, and that He will always intervene to renew the Church in the moments in which the boat of the Church seems to capsize, as is the obvious case in our days. 

As to the attitude towards the Second Vatican Council, we must avoid two extremes: a complete rejection (as do the sedevacantists and a part of the Society of St. Pius X (SSPX) or a "infallibilization" of everything the council spoke.

Vatican II was a legitimate assembly presided by the Popes and we must maintain towards this council a respectful attitude. Nevertheless, this does not mean that we are forbidden to express well-founded doubts or respectful improvement suggestions regarding some specific items, while doing so based on the entire tradition of the Church and on the constant Magisterium.

Traditional and constant doctrinal statements of the Magisterium during a centuries-old period have precedence and constitute a criterion of verification regarding the exactness of posterior magisterial statements. New statements of the Magisterium must, in principle, be more exact and clearer, but should never be ambiguous and apparently contrast with previous magisterial statements.

Those statements of Vatican II which are ambiguous must be read and interpreted according to the statements of the entire Tradition and of the constant Magisterium of the Church.

In case of doubt the statements of the constant Magisterium (the previous councils and the documents of the Popes, whose content demonstrates being a sure and repeated tradition during centuries in the same sense) prevail over those objectively ambiguous or new statements of the Vatican II, which difficultly concord with specific statements of the constant and previous Magisterium (e.g. the duty of the state to venerate publicly Christ, the King of all human societies, the true sense of the episcopal collegiality in relation to the Petrine primacy and the universal government of the Church, the noxiousness of all non-Catholic religions and their dangerousness for the eternal salvation of the souls).

Vatican II must be seen and received as it is and as it was really: a primarily pastoral council. This council had not the intention to propose new doctrines or to propose them in a definitive form. In its statements the council confirmed largely the traditional and constant doctrine of the Church.

Some of the new statements of Vatican II (e.g. collegiality, religious liberty, ecumenical and inter-religious dialogue, the attitude towards the world) have not a definitive character, and being apparently or truly non-concordant with the traditional and constant statements of the Magisterium, they must be complemented by more exact explications and by more precise supplements of a doctrinal character. A blind application of the principle of the "hermeneutics of continuity" does not help either, since thereby are created forced interpretations, which are not convincing and which are not helpful to arrive at a clearer understanding of the immutable truths of the Catholic faith and of its concrete application.

There have been cases in the history, where non-definitive statements of certain ecumenical councils were later – thanks to a serene theological debate – refined or tacitly corrected (e.g. the statements of the Council of Florence regarding the matter of the sacrament of Orders, i.e. that the matter were the handing-over of the instruments, whereas the more sure and constant tradition said that the imposition of the hands of the bishop were sufficient, a truth, which was ultimately confirmed by Pius XII in 1947). If after the Council of Florence the theologians would have blindly applied the principle of the "hermeneutics of the continuity" to this concrete statement of the Council of Florence (an objectively erroneous statement), defending the thesis that the handing-over of the instruments as the matter of the sacrament of Orders would concord with the constant Magisterium, probably there would not have been achieved the general consensus of the theologians regarding the truth which says that only the imposition of the hands of the bishop is the real matter of the sacrament of Orders.

There must be created in the Church a serene climate of a doctrinal discussion regarding those statements of Vatican II which are ambiguous or which have caused erroneous interpretations. In such a doctrinal discussion there is nothing scandalous, but on the contrary, it will be a contribution in order to maintain and explain in a more sure and integral manner the deposit of the immutable faith of the Church.

One must not highlight so much  a certain council, absolutizing it or equating it in fact with the oral (Sacred Tradition) or written (Sacred Scripture) Word of God. Vatican II itself said rightly (cf. Verbum Dei, 10), that the Magisterium (Pope, Councils, ordinary and universal Magisterium) is not above the Word of God, but beneath it, subject to it, and being only the servant of it (of the oral Word of God = Sacred Tradition and of the written Word of God = Sacred Scripture).

From an objective point of view, the statements of the Magisterium (Popes and councils) of definitive character, have more value and more weight compared with the statements of pastoral character, which have naturally a changeable and temporary quality depending on historical circumstances or responding to pastoral situations of a certain period of time, as it is the case with the major part of the statements of Vatican II.

The original and valuable contribution of the Vatican II consists in the universal call to holiness of all members of the Church (chap. 5 of Lumen gentium), in the doctrine about the central role of Our Lady in the life of the Church (chap. 8 of Lumen gentium), in the importance of the lay faithful in maintaining, defending and promoting the Catholic faith and in their duty to evangelize and sanctify the temporal realities according to the perennial sense of the Church (chap. 4 of Lumen gentium), in the primacy of the adoration of God in the life of the Church and in the celebration of the liturgy (Sacrosanctum Concilium, nn. 2; 5-10). The rest one can consider to a certain extent secondary, temporary and, in the future, probably forgettable, as it was the case with some non-definitive, pastoral and disciplinary statements of various ecumenical councils in the past.

The following issues – Our Lady, sanctification of the personal life of the faithful with the sanctification of the world according to the perennial sense of the Church and the primacy of the adoration of God – are the most urgent aspects which have to be lived in our days. Therein Vatican II has a prophetical role which, unfortunately, is not yet realized in a satisfactory manner.

Instead of living these four aspects, a considerable part of the theological and administrative "nomenclature" in the life of the Church promoted for the past 50 years and still promotes ambiguous doctrinal, pastoral and liturgical issues, distorting thereby the original intention of the Council or abusing its less clear or ambiguous doctrinal statements in order to create another church – a church of a relativistic or Protestant type.

In our days, we are experiencing the culmination of this development.

The problem of the current crisis of the Church consists partly in the fact that some statements of Vatican II – which are objectively ambiguous or those few statements, which are difficultly concordant with the constant magisterial tradition of the Church – have been infallibilisized. In this way, a healthy debate with a necessarily implicit or tacit correction was blocked.

At the same time there was given the incentive in creating theological affirmations in contrast with the perennial tradition (e.g. regarding the new theory of an ordinary double supreme subject of the government of the Church, i.e. the Pope alone and the entire episcopal college together with the Pope, the doctrine of the neutrality of the state towards the public worship, which it must pay to the true God, who is Jesus Christ, the King also of each human and political society, the relativizing of the truth that the Catholic Church is the unique way of salvation, wanted and commanded by God).

We must free ourselves from the chains of the absolutization and of the total infallibilization of Vatican II. We must ask for a climate of a serene and respectful debate out of a sincere love for the Church and for the immutable faith of the Church.

We can see a positive indication in the fact that on August 2, 2012, Pope Benedict XVI wrote a preface to the volume regarding Vatican II in the edition of his Opera omnia. In this preface, Benedict XVI expresses his reservations regarding specific content in the documents Gaudium et spes and Nostra aetate. From the tenor of these words of Benedict XVI one can see that concrete defects in certain sections of the documents are not improvable by the "hermeneutics of the continuity."

An SSPX, canonically and fully integrated in the life of the Church, could also give a valuable contribution in this debate – as Archbishop Marcel Lefebvre desired. The fully canonical presence of the SSPX in the life of the Church of our days could also help to create a general climate of  constructive debate, in order that that, which was believed always, everywhere and by all Catholics for 2,000 years, would be believed in a more clear and in a more sure manner in our days as well, realizing thereby the true pastoral intention of the Fathers  of the Second Vatican Council.

The authentic pastoral intention aims towards the eternal salvation of the souls -- a salvation which will be achieved only through the proclamation of the entire will of God (cf. Act 20: 7). The ambiguity in the doctrine of the faith and in its concrete application (in the liturgy and in the pastoral life) would menace the eternal salvation of the souls and would be consequently anti-pastoral, since the proclamation of the clarity and of the integrity of the Catholic faith and of its faithful concrete application is the explicit will of God.

Only the perfect obedience to the will of God -- Who revealed us through Christ the Incarnate Word and through the Apostles the true faith, the faith interpreted and practiced constantly in the same sense by the Magisterium of the Church – will bring the salvation of souls.

+ Athanasius Schneider,

Auxiliary Bishop of the Archdiocese of Maria Santissima in Astana, Kazakhstan

RORATE CÆLI: A reply to Cardinal Sarah on 'liturgical reconciliation'

RORATE CÆLI: A reply to Cardinal Sarah on 'liturgical reconciliation'

A reply to Cardinal Sarah on 'liturgical reconciliation'

It seems that the most trad-friendly Prelates of the Church actually want the Traditional Mass to disappear. Thus, Cardinal Burke said in 2011:

It seems to me that is what he [Pope Benedict] has in mind is that this mutual enrichment would seem to naturally produce a new form of the Roman rite – the 'reform of the reform,' if we may – all of which I would welcome and look forward to its advent.

Cardinal Sarah has now said the same thing.

It is a priority that, with the help of the Holy Spirit, we can examine through prayer and study, how to return to a common reformed rite always with this goal of a reconciliation inside the Church.


Cardinal Sarah's concrete suggestions point to an intermediate state, in which the two 'Forms' have converged somewhat. I have addressed these suggestions in a post on the Catholic Herald blog here. Notably, the Novus Ordo Lectionary cannot be simply be inserted into the Vetus Ordo Missal, because it reflects a liturgical vision which is completely different from that of the ancient Mass: which is why all the other changes were made at the same time. A compromise between these two two understandings of what the liturgy is for and how it should work will not produce a perfect synthesis, but a muddle.
I've made the argument about the Lectionary at length, on this blog, here, and about the 'Reform of the Reform' falling between two stools here.

Leaving open the question of how Cardinal Burke's thinking may have developed since 2011, why would he or Cardinals Sarah want to get rid of the ancient Mass?

One justification appears to be the idea that the existence of two Forms of the Roman Rite is, regardless of the merits or demerits of the forms themselves, itself a problem. I suppose this idea is related to a certain conservative yen for centralisation and uniformity, but I doubt either Cardinal would want to apply it to the Eastern Rites, even in the West, and I suspect they would not really want to stop the Dominicans, Norbertines, or Carthusians - or the former Anglicans - from celebrating their own rites and usages. So although talk of 'disunity' has a superficial force I don't think this is really driving their thinking here. They don't really want to contradict Vatican II's praise of liturgical diversity. (I have written about liturgical pluralism here.)

I think the more powerful consideration is that they are unhappy with the Ordinary Form. Cardinal Sarah, in particular, has taken up points hammered by Cardinal Ratzinger in The Spirit of the Liturgy, notably about how celebration 'facing the people' was a mistake, and how the reformed Mass should have more silence in it. This is the argument of the 'Reform of the Reform', and it is an argument which has no direct connection with the Extraordinary Form. But Sarah and others seem to think that the existence of the Extraordinary Form creates an extra reason to undertake the Reform of the Reform. 'Look!' he seems to be saying: 'Here are a whole lot of Catholics who refuse to go to the Novus Ordo because it lacks silence, and the priest usually faces the people. Let's make those changes and draw these people back in.'

In other words, his sympathy for some of the arguments about the merits of the Traditional Mass made by its adherents has given Cardinal Sarah the idea of making a purely tactical use of the movement to leverage his position on the future development of the Ordinary Form.

Perhaps things would be different if the EF looked about to take over the whole Church, but if that is going to happen, it would seem it would take at least a century.

I can't say I'm too worried by these proposals. They revive discussions on liturgical matters, which is positive, but opposition by progressive and - let's be honest - middle-of-the-road Novus Ordo priests and faithful to the Reform of the Reform makes the implementation of Cardinal Sarah's programme by fiat from Rome unimaginable, even if he were to become Pope tomorrow.

It should, all the same, stimulate supporters of the Church's ancient liturgical traditions to explain ever more forcefully the point of the ancient Lectionary, and any other threatened features of the Mass they love.

El nuevo Panteón de los mártires del papa Francisco

El nuevo Panteón de los mártires del papa Francisco

El nuevo Panteón de los mártires del papa Francisco

Entre las numerosas comisiones de trabajo creadas por el papa Francisco está la comisión mixta de expertos croatas católicos y y serbios ortodoxos para una relectura en común de la figura del cardenal Aloysius Stepinac, arzobispo de Zagreb. En los días 12 y 13 de julio de 2017 la mencionada comisión celebró en la Domus Sanctae Marthae del Vaticano su última reunión, presidida por el padre Bernard Ardura, presidente de la Pontificia Comisión de Ciencias Históricas.

El comunicado conjunto de la Comisión, publicado por la Oficina de Prensa de la Santa Sede el pasado 13 de julio, afirma: «El estudio de la vida del cardenal Stepinac ha enseñado que todas las iglesias a lo largo de la historia han sufrido cruelmente varias persecuciones y tienen sus mártires y confesores de la fe. En este sentido, los miembros de la Comisión se han puesto de acuerdo sobre la posibilidad de cooperación en el futuro, de cara a una obra común, para compartir la memoria de los mártires y confesores de las dos iglesias».

Esta afirmación, que sintetiza seis reuniones de trabajo sostenidas por la Comisión, invierte el concepto católico de martirio. En realidad, el martirio, según la Iglesia Católica, es la muerte sufrida por haber dado testimonio de la Verdad. No una verdad cualquiera, sino una Verdad de fe o de moral católica. La Iglesia celebra, por ejemplo, el martirio de San Juan Bautista, que padeció la muerte por reprender públicamente el adulterio de Herodes. Como dijo San Agustín: martyres non facit poena, sed causa (Enarrationes in Psalmos, 34, 13, col. 331). No es la muerte la que hace al mártir, sino la razón de la muerte, provocada por odio a la fe o la moral católica.

Por el contrario, para la comisión presidida por el padre Ardura, martyres non facit causa, sed poena: eso y no otra cosa significa la equiparación, «de los mártires y confesores de las dos iglesias», la católica y la ortodoxa. Según el comunicado, este principio se puede extender a todas las iglesias, que han tenido mártires y confesores de su respectiva fe.

Ahora bien, si por mártir se entiende aquel que padece la muerte por defender su propia verdad, ¿por qué considerar también mártir a aquel cristiano sui generis que fue Giordano Bruno, llevado a la pira por la Iglesia Católica en el Campo de' Fiori, el 17 de febrero de 1600? A fin de cuentas la Masonería lo ha considerado siempre un mártir de la religión de la libertad, y como tal, el dominico apóstata fue objeto de un homenaje el pasado 17 de febrero en la sede del Gran Oriente de Italia.

Precisamente un sacerdote, don Francesco Pontoriero, de la diócesis dei Mileto, ha reconstruido en la sede de la Masonería italiana las decisiones de Jordano Bruno «hasta la última, que lo llevó a regresar a Venecia, donde pendía sobre él una condena a muerte, y por consiguiente a abrazar el martirio, consciente de que sólo de ese modo su mensaje de libertad tendría resonancia a lo largo de los tiempos».

Dos días antes del encuentro de Santa Marta, el papa Francisco promulgó una disposición que ha escapado a la atención general: el motu proprio Maiorem hac dilectionem, del pasado 11 de julio, que introduce «el ofrecimiento de la vida» como un nuevo caso particular para la beatificación y la canonización, aparte de las modalidades tradicionales del martirio y del grado heroico de las virtudes.

En un artículo publicado el mismo 11 de julio en el Osservatore Romano, el arzobispo Marcello Bartolucci, secretario de la Congregación para las Causas de los Santos, explica que hasta ahora las tres vías prescritas para alcanzar la beatificación eran el martirio, las virtudes heroicas y la llamada beatificación equivalente. Ahora se añade a estas tres una cuarta vía, «el ofrecimiento de la vida», que «tiene por objeto valorizar un testimonio cristiano heroico, hasta ahora sin un procedimiento específico, precisamente porque no se se dan todas las condiciones del caso concreto del martirio ni de las virtudes heroicas».

El motu proprio especifica que para que el ofrecimiento de la vida sea válido y eficaz con miras a la beatificación de un siervo de Dios debe ajustarse a los siguientes criterios: a) ofrecimiento libre y voluntario de la vida y aceptación heroica propter caritatem de una muerte segura y a corto plazo; b) relación entre el ofrecimiento de la vida e la muerte prematura; c) ejercicio, al menos en grado ordinario, de las virtudes cristianas antes de ofrendar la vida, y después del ofrecimiento, hasta la muerte; d) que haya fama sanctitatis et signorum, al menos después de la muerte; e. necesidad de un milagro para la beatificación, sucedido después de la muerte del siervo de Dios y por su intercesión.

¿Y qué significa propter caritatem? La caridad, definida por Santo Tomás como amistad del hombre con Dios y de Dios con el hombre (Summa Theologiae, II-IIae, q, 23, a. 1) es la más excelente de las virtudes. Consiste en amar a Dios y, en Dios, al prójimo. La caridad no es, por tanto, la virtud que nos motiva a amar a nuestros semejantes en cuanto hombres, sino un acto sobrenatural que tiene en Dios su cimiento y su fin último. Por otra parte, en la caridad hay un orden de prioridades: ante todo, los intereses espirituales de nuestro prójimo tienen prioridad sobre sus intereses materiales. En segundo lugar, es necesario amar antes a los más cercanos que a los más lejanos (Summa Theologiae, II-IIae,II-IIae, q. 26, a. 7), y en caso de haber conflicto entre los intereses de los cercanos y los de los lejanos, sería menester dar preferencia a los primeros sobre los segundos. ¿Lo entiende así el motu proprio papal? Es dudoso.

En una entrevista concedida a Voce Isontina, semanario de la arquidiócesis de Gorizia, monseñor Vincenzo Paglia, recién nombrado presidente de la Pontificia Academia para la Vida, manifestó su alegría personal por el documento del papa Francisco porque, destaca, «he participado en alguna medida como postulador de la causa de beatificación de monseñor Oscar Arnulfo Romero. Es más, el arzobispo de El Salvador –prosigue– no fue asesinado por perseguidores ateos para que renegase de la fe en la Trinidad: fue asesinado por cristianos porque deseaba que el Evangelio se viviera entendido profundamente como entrega de la vida».

Monseñor Romero representa por tanto el modelo de un «ofrecimiento de la vida» equiparado al martirio. La cuarta vía que, según el motu proprio del papa Francisco, permitirá la canonización será la muerte padecida, no a causa del odio a la fe, sino a consecuencia de una opción política al servicio de los pobres, de los inmigrantes y de las «periferias» de la Tierra.

¿Se podrá excluir de la beatificación a los sacerdotes guerrilleros muertos propter caritatem en las revoluciones políticas de las últimas décadas? Entonces, porqué no equiparar también a los mártires e incoar el proceso de beatificación de todos los cristianos que han ofrendado su vida en una guerra justa? Éstos, muriendo por su patria, realizaron un acto excelente de caridad, dado que «el bien de la nación es superior al bien individual» (Aristóteles, Ética, I, cap. II, n.8).

La Iglesia Católica nunca los ha considerado mártires, precisamente porque les faltó la motivación religiosa, pero parecería injusto privarlos de un espacio en el nuevo Panteón de los mártires del papa Francisco.

Roberto de Mattei

(Traducido por J.E.F)

Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la "Fondazione Lepanto" (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del "Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea" y de la "Sociedad Geográfica Italiana". De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del "Consejo Nacional de Investigaciones" italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del "Board of Guarantees della Italian Academy" de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas "Radici Cristiane" (http://www.radicicristiane.it/) y "Nova Historia", y la Agencia de Información "Corrispondenza Romana" (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.