Follow by Email

dimanche 23 juillet 2017

Le Salon Beige - blog quotidien d'actualité par des laïcs catholiques: Tolérer la tolérance ?

Le Salon Beige - blog quotidien d'actualité par des laïcs catholiques: Tolérer la tolérance ?

Tolérer la tolérance ?

|

23 juillet 2017

Extraits d'une analyse intéressante :

"Lors des attentats à Paris de novembre 2015, après qu'on eut découvert que tout avait été pensé et préparé en Belgique, un psy expliquait dans le journal Sud-Ouest que c'est « un pays de très grande tolérance », allant jusqu'à tolérer des groupes islamiques radicaux. La question se pose donc : faut-il encore tolérer la tolérance ? [...]

  1. La tolérance est la vertu qui permet d'accepter un mal
    a. en vue d'un bien ultérieur,
    b. ou pour éviter pire.

  2. On tolère momentanément (même si on ne sait pas combien de temps cela va durer)

  3. Elle est à inventer constamment, puisqu'elle est un équilibre entre le laxisme et l'intolérance.

  4. Elle est un choix = elle n'est pas subie. Autrement dit, elle n'est ni une défaite, ni une démission, ni une résignation.

  5. Elle n'est qu'un minimum requis pour vivre ensemble, elle ne suffit pas à créer des liens durables.

Tolérance dans la société moderne

Voici une définition donnée par le Robert :

Attitude qui consiste à admettre chez autrui une manière de penser ou d'agir différente de celle qu'on adopte soi-même. Voir : Compréhension, indulgence (cf. avoir l'esprit large).

Quelle est la grande nouveauté avec ce qui précède ? C'est qu'il n'y a plus d'appréciation morale de ce qui est toléré. Auparavant, on tolérait un mal. Dans cette nouvelle approche, on tolère une manière de penser ou d'agir différente de la sienne. Il n'y a plus de jugement de valeur sur ce que l'on tolère. Ce que l'on tolère est peut-être bon, mais je le tolère parce que c'est autre que ce que je vis, pense ou crois. J'insiste, car c'est important pour comprendre l'engouement pour la tolérance aujourd'hui. Traditionnellement, on tolère un mal. Aujourd'hui, on utilise le verbe tolérer pour accepter quelque chose qui est simplement considéré comme autre. [...]

À mon avis, la mise au pinacle de la tolérance va de pair avec le relativisme. Ce système de pensée s'est imposé au monde moderne, au point que Benoît XVI évoquait une véritable « dictature du relativisme ». Selon ce courant de pensée : tout se vaut. Il n'y a pas de vérité valable pour tous. Chacun a sa vérité, qui est relative et qui peut changer. S'il existe des vérités, elles diffèrent pour chacun : ce qui est vrai pour l'un ne l'est pas forcément pour l'autre. Tout dépend des personnes et de leur état, voire de leur humeur. Sous la dictature du relativisme, je peux dire ce que je pense, mais à la condition de ne pas imaginer que cela puisse être vrai pour autrui. Je dois m'interdire de considérer mes idées comme éventuellement valables pour d'autres. Puisqu'il n'y a pas de vérité intangible valable pour tous, il est louable et respectable, dans cette optique, d'être tolérant. C'est ainsi que la tolérance est devenue la vertu essentielle de l'honnête homme du XXIe !

La pétrification des croyants…

Au royaume du relativisme, il est très mal vu d'avoir des certitudes. Quelqu'un qui croit connaître quelque chose de vrai, valable pour tous, est forcément perçu comme intolérant dans notre société : comment pourrait-il entrer en dialogue avec quelqu'un d'autre puisqu'il prétend savoir ? L'image qui vient spontanément à notre esprit (moderne) pour parler de quelqu'un qui a des certitudes, c'est le caillou ! Une personne qui a des certitudes, c'est une personne qui serait pétrifiée, rigidifiée dans ses certitudes. Comment pourrait-elle être tolérante celle qui sait quelque chose de certain ? Quelle présomption, quel orgueil !

Pour la modernité, rien n'est sûr, rien n'est certain. Cela au moins, c'est sûr et certain ! Je le répète : « Ce qui est certain, c'est que rien n'est certain ». C'est une phrase absurde. Or, c'est sur cette absurdité qu'est construite une grande partie de la pensée moderne. [...]"

Posté le 23 juillet 2017 à 19h15 par Michel Janva

Cuentos con moraleja: “Un test para descubrir la auténtica santidad”

Cuentos con moraleja: "Un test para descubrir la auténtica santidad"

Cuentos con moraleja: "Un test para descubrir la auténtica santidad"

La historia que les traigo hoy es real. Le ocurrió a San Felipe Neri a finales del s. XVI.

Durante la vida de San Felipe Neri existió una monja en Italia que tenía fama de santidad. Se decía que continuamente tenía revelaciones y locuciones del cielo. Un día, el Papa mandó precisamente al padre Felipe al convento donde vivía la citada monja para que valorara su santidad.

Estaba San Felipe caminando por las calles de Roma, cuando de pronto sobrevino un gran aguacero. Aunque el santo se cubrió como pudo, pronto las calles se llenaron de barro. Él, empeñado en cumplir el encargo que le había dado el Papa prosiguió todo empapado y embarrado hasta el convento. Llegado al convento, preguntó enseguida por la monja y….

-Precisamente, dijo la hermana portera, ahí viene la santita con otras tres hermanas,-pues casi todas las monjas del convento estaban asombradas de las revelaciones que la santa decía tener.

La hermana caminaba muy seria y afligida, sin prestar atención a nadie y con la mente perdida en Dios.

El santo se quitó el sombrero y la capa mojada. Se sentó en un pequeño taburete que había en la sala de visitas mientras llegaba la hermana. Cuando la vio llegar, extendió la pierna y dijo a la santita:

-¿Podría hacerme la gracia de quitarme los zapatos embarrados?

La monja se enfureció, alzó el mentón y permaneció inmóvil e indignada sin decir palabra.

San Felipe no hizo preguntas; ya había visto bastante. Se levantó, tomó su capa, se puso el sombrero y volvió a ver al Papa para comunicarle su resolución:

 -Estimado Santo Padre, acabo de llegar del convento de hacer el encargo que usted me dio, y tenga por seguro que la hermana que usted sabe, ni tiene revelaciones ni es santa. Todo es un engaño del demonio. Le aconsejo que saque usted a la hermana de tal comunidad y la lleve a un lugar donde nadie le conozca por bien de su alma y del resto del convento.

*****

Para descubrir la auténtica santidad lo único que tenemos que comprobar es si hay verdadera humildad. No hay santidad sin humildad. Hay muchas personas que intentan simular ser santos; es más, en ocasiones consiguen engañar a muchos, como esta monjita de la historia. Para comprobar si la santidad es real, es suficiente con hacerle una prueba de humildad como hizo san Felipe. Cuando la humildad es auténtica, también lo es la santidad.

El santo nunca es autoritario, sino que siempre es paciente, sabe escuchar; no sólo perdona las ofensas, sino que además nunca se siente ofendido. San Pablo nos dio una lista más completa:

"La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta" (1 Cor 13: 4-7).

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com

¿Quién soy yo para juzgar?

¿Quién soy yo para juzgar?

¿Quién soy yo para juzgar?

Queridos hermanos, han oído de boca de sus sacerdotes y obispos, como también de sus amistades y familiares, e incluso ustedes lo han dicho, que no hay que juzgar, en relación a estos movimientos tan poderosos que quieren hacer de la homosexualidad, lesbianismo, transexualidad algo aceptable como una opción más del hombre. ¿Lo es? Cuando dicen no hay que juzgar, ¿qué dicen? Dicen: callemos, no digamos nada, porque nada hemos de decir; son grupos muy poderosos y nos harán la vida imposible, pues controlan  e influyen en gobiernos, jueces, medios de comunicación, líderes políticos, etc. Pero, ¿han pensado cuando dicen esta frase, o la han oído decir, que quien juzga es la Palabra de Dios? Habrá un juicio: El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que yo he hablado, ésa le juzgará en último día (Jn. 12, 48).

Quien dice, no hay que juzgar, está ocultando la verdad del juicio de la Palabra de Dios. La palabra de Dios, que es la Luz que vino al mundo, la está silenciando; está colocando la antorcha bajo debajo del celemín, en lugar de ponerla sobre el candelero; está poniendo un velo sobre la luz de la verdad de Dios, y no deja que ilumine. Brille vuestra luz ante los hombres, nos insta la palabra de Dios. Efectivamente, tú, quienquiera que seas,  no eres quien para juzgar porque quien juzga es Dios, su Palabra; por lo cual debes decir: No juzgo porque el que juzga es la Palabra de Dios que dice: no cometerás actos impuros, no cometerás pecado de sodomía, no desearas a  la mujer del prójimo; amarás a Dios sobre todas las cosas…

Sabemos que el Señor ha dicho: Si alguno escucha mis palabras y no la guarda, yo no le juzgo, porque no he venido a juzgar al  mundo, sino a salvar el mundo (Jn. 12, 47).

Es importante decir un poco sobre estas palabras del Señor: no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo. Distinguimos dos venidas de Jesucristo al  mundo, una en carne mortal y pasible, otra en carne impasible, inmortal y gloriosa, al fin de los tiempos. En la primera misión que recibe del Padre celestial, es para enseñar al mundo de su doctrina, edificarle con sus ejemplos, salvarle con su Sagrada Pasión y satisfacer a la Justicia divina con su muerte la deuda contraída  por el pecado. En la segunda vendrá con toda la majestad de su gloria, rodeado de los ángeles a juzgar públicamente  a los hombres. Con arreglo al objeto de la primera misión, se portó el Salvador en todos los pasos de su conducta, de forma humilde y paciente; ocultó todos los rasgos de su poder divino, y de su propia divinidad, y no dio, por lo común, otras señales de ella que por los efectos de su misericordia, porque no había venido a perder almas sino a salvarlas, porque no había venido a juzgar al mundo, sino a salvarle;  porque Dios no envió a su Hijo a juzgar al mundo, sino a que el mundo se salve por Él. Quiere decir todo esto que para lograr el objetivo de su misión debía apurar, digámoslo así, los recursos de su divina misericordia antes de acordarse de su justicia, no dejando al pecador ninguna escusa de su pecado. Yo soy la luz que viene al mundo para que no viva en tinieblas todo aquel que cree en mi (Jn. 12, 46). Y prosigue: Si alguno escucha mis palabras y nos la guarda, yo no le juzgo. Más con todo, ejerciendo los oficios de Maestro, Salvador y Cabeza de la Iglesia, manifiesta con sus palabras y ejemplos los límites que su justicia prescribe a su misericordia; y revestido de autoridad toma el látigo y arroja del lugar santo  a los impíos que lo profanaban con sus ventas y usuras

Queridos hermanos, la Palabra vino al mundo para ser escuchada y seguida para la salvación de nuestras almas. No podemos silenciarla, porque ella es la que juzgará, no nosotros, por lo que tenemos la obligación de manifestarla al mundo. La Iglesia no  tiene otra misión que ser testigo de la Palabra de Dios, de su Obra Redentora, continuación de Ella, medio de salvación universal; ha de ser reflejo de la Iglesia celeste a la que ha de asemejarse en  fidelidad, santidad y unidad. La Iglesia ha de llevar a todos los hombres la inefable alegría del Cielo, la visión del mismo Dios, la semejanza que el alma tendrá con Él; ha de proclamar los augustos misterios de la realidad de la Santísima Trinidad, la paz celestial y el gozo divino a los que las almas están destinadas. La Iglesia es testigo de la Luz que vino al mundo, y tiene la obligación de dejar que esa Luz ilumine al mundo, a todo lo creado.

La Iglesia no tiene más obligación, y mandato de su Cabeza, que la de ser medio de salvación eterna para el mundo. Es depositaría de los más preciados tesoros de Dios, los Santos Sacramentos, vías de salvación eterna; de la Revelación divina por la que la Iglesia atesora la Verdad de Dios, todo lo necesario para la felicidad del hombre y rechazo del pecado.

Los pecados de la carne, la lujuria, el desprecio a la pureza y castidad, la violación de la misma ley natural impuesta por Dios, no se pueden aceptar sin permitir que Dios hable por medio de su Palabra y a través de sus ministros. Porque el que habla es Dios, porque el que  juzga es Dios, porque el pecado no puede ser admitido, ni consentido, ni silenciado. La Palabra de Dios nos obliga a hablar. La Sangre de Cristo derramada por la salvación de todos los hombres clama justicia si la Iglesia calla, si callamos los que hemos de decir. Porque no juzgamos. Trasmitimos la Verdad de Dios para la salvación de los hombres.

Nuestro Señor Jesucristo calló cuando ya lo había dicho todo, cuando llegó el momento de aceptar la última voluntad del Padre; todo lo que tenía que decir y hacer, lo dijo e hizo; ya sólo faltaba la consumación final de  la Obra Redentora, subir al altar de la Cruz y ofrecer el eternos Sacrificio al Eterno Padre. Todo por la salvación de las almas. Asumió sobre sí todos los pecados del mundo y los expió en el Calvario, para que nadie pereciera eternamente.

Si callamos, hacemos infructuosa la muerte redentora del Señor; si la Iglesia, y sus ministros y fieles, callan la Preciosísima Sangre del Redentor se ha derramado en balde, y seremos cómplices de la condenación de muchas almas.

Yo no te juzgo, te juzgará la Palabra de Dios. Habrá un juicio de manera inapelable, y en él tus actos se juzgarán y serán sentenciados; así como los silencios de los que tenemos que hablar.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.

RORATE CÆLI: A common calendar and lectionary for the Novus Ordo and TLM?

RORATE CÆLI: A common calendar and lectionary for the Novus Ordo and TLM?

A common calendar and lectionary for the Novus Ordo and TLM?

A committee already tried, and failed: 


Cardinal Sarah's La Nef article marking the 10th anniversary of Summorum Pontificum has awakened the debate over the possibility (and desirability) of a "common rite" derived from the Traditional Latin Mass and the Novus Ordo. (Dr. Joseph Shaw has responded to the cardinal's proposals on this blog.) One of Cardinal Sarah's main proposals is that of common calendar and lectionary for the TLM and the NOM. The proposal does not come out of the blue; versions of it have been floated by some proponents of the reform of the reform since the 1990's. Furthermore, from 1991 to 2007 the use of the Novus Ordo lectionary was theoretically permitted in celebrations of the 1962 Missal, and was actually imposed on such celebrations in a handful of dioceses.

Right after the article came out, the Claretian liturgist Fr. Matías Augé -- an old liberal but very well-informed -- noted on his blog that a common calendar and lectionary was already attempted in the previous pontificate:



In fact, the cardinal has the merit of expressing his concrete proposal to arrive "at a reformed common Rite in order to facilitate reconciliation within the Church." First of all, the cardinal hopes that we can arrive at a common liturgical calendar for the two forms of the Roman Rite, and also to a "convergence" of the lectionaries. His Eminence knows better than I, that an ad hoc committee had worked during the years of the pontificate of Pope Ratzinger without being able to produce a concrete proposal, given the difficulty of the task.

samedi 22 juillet 2017

Transfiguration : le processus d'unité entre catholiques et luthériens est une unité de dupes - Juillet 2017

Fraternité Sacerdotale Saint-Pie X - FSSPX - SSPX - La Porte Latine - Catholiques de Tradition - Mgr Lefebvre - Mgr Fellay - Fraternité de la Transfiguration : le processus d'unité entre catholiques et luthériens est une unité de dupes - Juillet 2017



Photo de la signature de la déclaration conjointe entre catholiques et luthériens - Lund, le 31 octobre 2016

Dans La Simandre, son bulletin de l'été 2017, la Fraternité de la Transfiguration rejette l'unité de façade que le pape François, suivant en cela l'esprit - et la lettre - du funeste Concile Vatican II, veut imposer à marche forcée.

Article de La Simandre

NON :à l'occasion du 500e anniversaire de la catastrophe provoquée par la soi-disant Réforme de Luther, certaines autorités romaines ont affirmé que le processus d'unité entre catholiques et luthériens avait été bien engagée par la « déclaration commune » du 31 octobre 1999 sur la justification. Or, il n'en est rien. Cette unité est une unité de dupes aucunement une unité doctrinale.

La justification ou sanctification, selon la Révélation, est à la suite du baptême, le passage de l'état de péché [« enfants de colère par nature » (Eph. 2/3), « esclaves du péché » (Rom. 6/20) - à la suite du péché originel] à l'état de grâce. C'est donc une action intérieure dans l'âme du baptisé, réalisée par la venue de la Trinité, avec les vertus théologales, les dons du Saint-Esprit...

Pour l'hérésie luthérienne, l'homme reste foncièrement mauvais : un foyer de péché, et le baptême recouvre cette âme, demeurée mauvaise, du manteau de la Passion du Christ.

Tandis que, comme le définit infailliblement le concile de Trente, la première justification (celle du baptême) est suivie d'une seconde justification qui donne à l'âme la capacité de progresser en sainteté, ou la possibilité de récupérer la justification à la suite d'un péché mortel - par le sacrement de pénitence ; l'hérésie protestante nie cette seconde justification.

Tandis que la Révélation explicitée par les Pères de l'Église et, entre autres, par le concile de Trente, affirme la coopération de l'homme à sa justification, l'hérésie luthérienne la lui refuse.

Cette déclaration commune (1), signée par le cardinal Cassidy pour l'Église catholique et par le Docteur Krausse, Président de la Fédération luthérienne mondiale, n'est qu'un texte diplomatique, rempli de « faux-fuyants », qui évite toute opposition doctrinale (ce qui nous unit est plus important que ce qui nous divise...). Objectivement, en toute vérité, face à Dieu, il n'y a aucune unité sur ce sujet de la justification.

Nous dénonçons ce faux œcuménisme qui a été officiellement imposé par le concile Vatican II, qui est une faute à la fois contre la vérité et contre la charité. Les luthériens ont droit à la charité de la vérité.

Sources : La Simandre, Eté 2017 /La Porte Latine du 16 juillet 2017

1) Lire à ce sujet "La déclaration conjointe sur la doctrine de la justification de 1999", par M. l'abbé Thierry Gaudray

Lettera di felicitazioni a padre Sosa. - Blondet & Friends

Lettera di felicitazioni a padre Sosa. - Blondet & Friends

Lettera di felicitazioni a padre Sosa.

So che lei, grandissimo capo  dei gesuiti, se ne infischia delle critiche dei "fondamentalisti cristiani" che hanno gridato  allo scandalo per  quella foto in cui la si vede pregare  ci monaci buddhisti in Cambogia.  Non credo che la abbiano  addolorato nemmeno per un momento; quindi questa mia  lettera simpatizzante non vuole offrirle solidarietà.  Voglio invece, nel mio piccolo di cristiano qualunque,  affezionato al Vetus Ordo ma meno "talebano" dei tradizionalisti che si sono scandalizzati, dirle che mi felicito e  approvo la sua scelta. Nelle sue interviste lei ha esibito un così  basso livello di spiritualità, che una immersione nel Buddhismo non può che aumentarla.  Le farà bene, vedrà.  Il Buddhismo è una via di salvezza tosta, seria.

(Non sghignazza nemmeno. Congratulazioni)

Poteva scegliere peggio. Per esempio l'ebraismo, che non ha nemmeno un aldilà  e  quindi non  avrebbe diritto di chiamarsi una religione; o il protestantesimo  in una delle sue settarie denominazioni.  Molti suoi colleghi lo fanno, perdutamente giudaizzando e luteranizzando; mi felicito con lei di non averlo fatto. Quelle sono religioni che, avendo conosciuto il Cristo  e la sua Chiesa, l'ha rifiutato  coscientemente, e  quindi – dal mio punto di vista un po' tradizionalista – sono letteralmente  anticristiche.   Siddharta Gautama, il Buddha storico,  non ha  rifiutato Cristo, semplicemente  perché è  nato  seicento anni prima di lui, un secolo e mezzo prima di Platone, al tempo di Anassimandro, dei pensatori pre-socratici.

Mi congratulo con lei  per  questo: ha evitato le apostasie post-cristiane, ed è tornato in qualche modo al punto zero da cui l'umanità ha cominciato  la  meditazione spirituale.  Grazie, padre Sosa, per  esser tornato all'Antico.

Ha scelto la Tradizione

Lei che dubita del Vangelo, perché "a quel tempo nessuno aveva un registratore", e quindi si attiene all'interpretazione che  né dà il gesuita Bergoglio (che quindi diventa il sostituto di Cristo e degli apostoli   e della tradizione-trasmissione di 2 mila anni),  ha pregato – e con quale  lodevole compunzione! – in lingua pali  (che era il volgare dell'e poca di Siddharta,   diventata  lingua liturgica)  ripetendo formule che risalgono a quell'antico e grande principe  Kshatria: non preoccupandosi affatto se  ci fosse un  registratore, senza la minima obiezione sul fatto che quelle parole vadano "contestualizzate"   perché "sono espresse con un linguaggio, in un ambiente preciso, sono indirizzate a qualcuno di definito".

No, lo sa: i monaci buddhisti coi quali ha  pregato,  non solo non si pongono affatto tali inquietudini, ma ripetono salmodiando formule liturgiche invariate da due millenni e passa, in una lingua che, essendo cambogiani, è assai diversa dalla loro (il pali deriva dal sanscrito),  e forse nemmeno capiscono. Non hanno bisogno di capire: è l'enunciazione in sé delle formule, ritualmente pronunciate all'interno della santa comunità o sangha,   che, secondo loro, crea "meriti"  in vista della Liberazione. Del resto, sanno bene cosa significano: ripetono infinitamente le Quattro Nobili Verità,  lodano il Triplice Rifugio e incitano all'Ottuplice Sentiero.

Mi felicito con lei, padre Sosa, perché non ha turbato  quegli asceti, come ha fatto con cattolici noi con  le sue battutacce  schernevoli contro il Vangelo  che non si sa cosa davvero dica, e le sue derisioni sulla credenza nel demonio, che per lei è un simbolo e una metafora, una vecchia superstizione che la modernità ha sfatato. E'  stato bello vederla  adottare con rispetto la Tradizione, l'Antico e il Classico. Pre-cristiano, dunque non anticristiano. Bravo, bene.

Io tradisco qui una grande ammirazione personale per il Buddha e il buddhismo: la più alta manifestazione di spiritualità   possibile ad un uomo che aspira alla Salvazione suprema, "prima della Rivelazione".  Non condivido affatto  il troppo ripetuto luogo comune per cui il buddhismo è  ateismo. Siddharta Gautama –  stirpe regale e non sacerdotale, misterioso analogon di Cristo – reagiva contro l'idolatria superstiziosa dei milioni dei divinità dell'induismo del suo tempo, dei suoi  eccessi fachirici o nichilisti ( fedeli di Kali si facevano stritolare dal  grande carro della Dea durante le processioni); insomma, come Gesù reagisce e polemizza col fariseismo ebraico, il Buddha storico va compreso all'interno del contesto culturale indiano dell'epoca, della sua cultura.  Come il cattolicesimo nasce  da una religione da cui si dichiara secondario e unito per  sempre, così il Buddha rettifica e  rivoluziona   l'induismo basso,  magico e idolatrico; rifiuta le caste; e riporta questo insieme di credenze all'essenziale, direi, vedantino, upanishadico.

No, il buddismo non è, come ha scritto l'amico  Aldo Maria Valli, "un sistema etico e spirituale che ha l'obiettivo di permettere la piena realizzazione dell'individuo in vista del raggiungimento della felicità":  quello è il fine delle signore-bene di Milano quando vanno al corso di yoga o  di stretching, "stare bene con se stesse".  No.  Ben lungi dal  promettere "la piena realizzazione dell'individuo", il  Buddha  mira all'Estinzione.  Precisamente, all'estinzione dell'Io. Se vogliamo continuare il gioco delle analogie, che altro dice Paolo quando dice: "Sono stato crocifisso in Cristo, e non sono più "io" che vivo, ma Cristo vive in me"?

Tacciano i catto-talebani

E qui sento già le strida dei nostri amici tradizionalisti, talebani del cattolicesimo: Blondet è gnostico!  Esoterico!  L'abbiamo scoperto con le mani nel sacco!

Ora, non ho bisogno, per rafforzare la mia fede, di proclamare che le altre sono sataniche. Ciò vale ancor più per le vie di salvezza asiatiche che il Cristo non l'hanno conosciuto, essendo immensamente più antiche. Mi commuove sapere che per millenni, altre umanità, si sono poste la questione centrale, la più realistica, precisamente quella   che l'uomo occidentale d'oggi non si pone più, a suo danno eterno: "Non mi basta l'aldiquà. Ci dev'essere un modo per uscirne, e giungere all'Assoluto. Un guado, un sentiero di Liberazione". E l'hanno cercato, fornendo metodi  accertati ed eroici di "uscita"  dal mondo.

Cari amici taleban-cattolici, io  pretenderei da parte vostra, verso il Buddismo e il Vedanta, quello stesso rispetto ed ammirazione che Agostino aveva per Platone e Socrate,  san Gerolamo per Cicerone,  San Tommaso d'Aquino per Aristotile. Non sentivano il bisogno di ricordarci ogni cinque secondo che quelli erano pagani, che   erano sicuramente all'inferno perché non avevano la fede; si abbeveravano, e facevano loro, la parte di verità  che avevano donato alla nostra civiltà.

Con questa aggiunta: oltretutto, non trovo nulla di anticristiano nell'aver sempre presente l'impermanenza di tutte le cose  quaggiù, la constatazione che la vita è dolore, l'esercizio della  compassione universale   verso tutti gli esseri viventi.

(Sull'impermanenza, ho giusto letto un passo della Imitazione di Cristo: "Se ami le  ricchezze,  le  pompe mondane, i difetti della carne, rifletti quanto  siano fragili e caduchi! Ché tutte le cose del mondo passano come sogni").

Dunque, per tornare  a padre Sosa: io la lodo, padre. Mi congratulo per come   ha pregato coi buddhisti.  Non vorrei l'avesse fatto per "costruire ponti" per "la pace",  perché in fondo per lei una liturgia vale l'altra, e tutte valgono nulla. La sua compunzione mi dà una speranza.

"Ancora uno sforzo", come diceva il Marchese De Sade: si faccia buddhista  davvero, ci guadagna in spiritualità. Anzi, porti con sé nel buddhismo i tanti suoi confratelli gesuiti, che ne hanno tanto bisogno,  perché mica si  può vivere di Rahner e di Bultmann e di giudaismo e di modernismo  e fingersi religiosi. Libererebbe loro, e libererebbe noi; perché devo dirglielo, da quando voi gesuiti avete preso il potere in Vaticano,  nel noto  golpe sudamericano, vi si nota soprattutto per una cosa: la grossolanità culturale, la mancanza di finezza intellettuale. I suoi confratelli, nel sito ufficiale,  hanno salutato in lei "el primer Superior Jesuita en bautizarse budista», mentre  dovrebbero sapere  che  non esiste un battesimo fra i buddhisti.

(Bel maglione, padre)

Siete diventati  più ignoranti di monsignor Galantino, che non conosce la Scrittura e si è convinto che Dio – avendo  finalmente   imparato  la misericordia da Bergoglio – abbia salvato Sodoma.  Invece l'ha incenerita…(ma chi può dirlo? Mica c'era un registratore, all'epoca).   Tale ignoranza  e rozzezza, in gesuiti, è disonorevole. No, davvero, avete bisogno di diventare Buddhisti.

Con gli occhi della speranza la vedo, padre Sosa: rasata la testa, rasato il baffetto malandrino,  vagare con la coppa del riso perché  il monaco mangia solo quel che gli è offerto (tranquillo, il popolo buddhista essendo credente, dà con abbondanza) e fare un solo pasto al giorno.

Novizi imparano a mendicare. Le loro mamme fanno la prima offerta.

In  perfetta castità,  povertà e frugalità,  obbedire e   passare le giornate  a salmodiare in coro le liturgie in pali. Pre-cristiano, è meglio che anti-cristiano. Coraggio, "ancora uno sforzo".

www.messeendirect.net

http://www.messeendirect.net/

La decepción de los católicos fieles

La decepción de los católicos fieles

La decepción de los católicos fieles

22/07/17 12:04 am

Muchos católicos se encuentran confundidos por las palabras, las obras y las omisiones del Papa Francisco.

Frente a sus actitudes, se observa en muchos fieles un exceso y un defecto. El exceso es el creer que todo lo que realiza Bergoglio es dogma de fe, y por lo tanto ser absolutamente obsecuentes a sus últimas ocurrencias. Estos tales tildan a los demás de "desobedientes", cuando la inmensa mayoría de ellos no estuvieran de acuerdo con el Magisterio perenne, enseñado con claridad a lo largo de los siglos.

El defecto, frente al cual recibo cada vez más consultas, es el de creer que Bergoglio es un falso Papa. Es más, los más osados afirman que es el Falso Profeta del Apocalipsis, cuya apariencia es la del Cordero, pero en realidad su voz es la del Dragón. Estos tales, sin embargo, se limitan a avalar las "bondades" de los Papas anteriores.

Ambos grupos, en realidad, caen en lo mismo, dado que siempre los extremos se tocan. Sin dejar de estar alertas por la proximidad del fin de los tiempos, pues algún día llegará, este conjunto de personas caen en la papolatría, en la obsecuencia medrosa de cualquier autoridad, máxime si ésta es la del Papa, sin distinguir adecuadamente entre santidad de vida (conseguida únicamente por vivir en grado heroico los mandamientos) y carisma (dado para edificación de la Iglesia, y que muchas veces no corresponde a la santidad de quien lo ha recibido). Entre los carismas debemos mencionar, en este caso, el de la infalibilidad, don de Cristo a su Iglesia conferido en la persona de su Vicario. De este modo, lo esencial en la Iglesia es su indefectibilidad, la cual es el fundamento último de la infalibilidad. Al servicio de esta santidad inherente a la Iglesia, inherente por ser Cristo su Cabeza y el Espíritu Santo su alma, está la infalibilidad pontificia. Por ello, no debemos perder de vista que lo esencial para nosotros es vivir unidos a la verdad y a la vida de la gracia, que, en definitiva, es el mismo Cristo en persona.

Muchos de éstos, ya mencionados, no alcanzan a ver que estos errores, que hoy Bergoglio proclama a viva voz, sin embargo vienen germinando desde hace muchísimo tiempo. "¿Quién podría negar que los católicos de este final del siglo XX están perplejos?", como escribió Mons. Lefebvre.

Hay una "desistencia" de la Iglesia, en palabras de Romano Amerio. Primero se dejó de señalar a los heresiarcas (cuya mayor expresión fue la abolición del Index Librorum Prohibitorum, por obra de Pablo VI); luego se dejó de condenar el error, sosteniendo que "la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad", en ambiguas palabras del Papa Juan XXIII al iniciar el Concilio Vaticano II; para luego ni siquiera proclamar inequívocamente la verdad, bajo apariencia de bien, como el dialogar con el mundo, con las diversas religiones, con los estados, etc.; intentando así los hombres que la Iglesia desista de ser columna y fundamento de la verdad, oficio que le ha dado el mismo Dios.

Por lo tanto, hay que afirmar enfáticamente que es falsa la idea extendida en gran parte de la Iglesia que los últimos Papas fueron todos santos, excepto el último. Francisco es la conclusión de la caída de muchas traiciones, bajezas y componendas con el mundo que tuvieron los Pontífices anteriores.

No podría haber existido un "¿Quién soy yo para juzgar?" de Bergoglio, con la correspondiente aprobación del "matrimonio" homosexual en el estado de Illinois de EEUU (entre tantas otras catástrofes que trajo la infeliz frase), sin la idea de la "sana laicidad" de Benedicto XVI, o la traición de la Santa Sede en época de Pablo VI cuando nuestra querida España quiso ser un estado confesional católico bajo el mando del General Franco.

Pero tampoco se crea que el Vaticano II fue un concilio "surgido de la nada", como creen tantos católicos de buena fe. Tampoco se crea que volviendo al día anterior al de su realización se acaban todos los problemas de la Iglesia. Ni siquiera se crea que si se celebra Misa tradicional en todas partes se acabaron las apostasías sistemáticas de la jerarquía a las cuales ya estamos acostumbrados.

Debemos combatir la doble vida, la fe luterana que hace que creamos una cosa y vivamos la otra, la heterodoxia ockamista que hace que las cosas sean sólo un "flatus vocis", un soplo de voz, dependiendo de quien conoce el darles el nombre y de la autoridad el que sean buenas o malas. Debemos acabar con esa devoción impostada, que nada tiene de tradicional, que cree que "una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración", que ataca la raíz de la verdadera devoción, la cual es el fruto más excelente de la virtud de la religión.

No. Francisco es el colofón de la traición de siglos, que ha comenzado con el nominalismo y se ha agudizado con el protestantismo; que estaba latente con el modernismo y que ha hecho metástasis con el Concilio Vaticano II.

Quiera Dios que éste no sea el Falso Profeta final… Por el bien de su alma… Pero si lo es, y sabemos que algún día vendrá, porque la Escritura no puede ser anulada, levantemos la cabeza y veamos que se acerca nuestra liberación.

Fr. Esteban Kriegerisch, op.

PEQUEÑO APUNTE DEL DÍA | CATAPULTA

http://catapulta.com.ar/?p=3779

MONSEÑOR AGUER DICE LO SUYO (y Santiago y los capos de la CEA quedan muy mal parados) | CATAPULTA

http://catapulta.com.ar/?p=3769